martes, 8 de noviembre de 2016

ALBACETE. CANAL DE DON JUAN. VIAS VERDES. ENCINARES. ACEQUÍON. ALBACETE

Hace meses que volví a mi tierra y como quiera que uno sigue con su totetole, seguí trabajando y saliendo en bicicleta, haciendo mi vida con algunos cambios pero bueno, una vida normal, como la de casi todos.
Pero hoy he sido consciente que he vuelto a Albacete....
Aire, mucho aire, demasiado aire... y como quiera que ya llevo muchas ventoleras y he pedaleado más de lo que quisiera en contra de muchas cosas, pues que me he puesto la música un poco más alta y con los dientes apretados he avanzado pedalada tras pedalada, que esto no tiene secreto. Que cuando el aire aprieta, nosotros también sabiendo que la ruta termina donde volvemos empujados por quien nos resistía. Así es que venga a pedalear como si un castigo fuese y avanzando, primero por pista asfaltada luego en vía verde, después por camino y finalmente por pedregal, que de esto tampoco vamos mal.
Y viendo que dos horas contra el aire equivalen a cincuenta minutos a favor, me doy la vuelta y con timidez comienzo a pedalear, cambio desarrollos y finalmente muevo las piernas como si de un remero a golpe de ritmo de canciones de los 70 tuviese obligación. La cosa se anima, no me acordaba que también me cansaba cuando iba a favor porque cada vez quiero ir más rápido.. a quien se le diga que en las curvas de la vía verde tenía que frenar... ya ves tú que prisas y que para qué, si es que lo llevo en la sangre, no lo puedo evitar.
Y frío, mucho frío pero a mi plín que duermo en Pikolín. Abrigado sin resquicios y tapado hasta los ojos con unas gafas acumulaba calor y un poco de sudor sabiendo que parar para un par de fotos y luego venga a seguir, y mantener temperatura corporal. Madre mía recordaba aquellos tiempos que cual cebolla me envolvía en capas de ropa y más capas de chubasqueros de manera que con tanta ropa más parecía el muñeco de Michelín que un ciclista.
A mitad de camino un buen trozo de pan de higo con el que poder comer energía y masticar más luego buscar esas semillas odiosas que entre mis triscados dientes se esconden con la lengua como si se pudiese llegar a cualquier rincón. Son como ese barro o bichejo que sin querer nos quitamos horas después en cualquier restregón de ojos.
Lo dicho, que ya estoy en Albacete, la tierra por donde el viento corre a sus anchas.








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