miércoles, 2 de abril de 2014

CHINCHILLA BY LA PENYA DEL CUC. LAS CRÓNICAS VALENCIANAS.

Resulta curioso que los mejores cronistas son los que llegan y observan con otros ojos cual "antropólogo inocente" y luego, además de pedalear con estilo, escriben con arte. Sigamos disfrutando con la lectura de sus palabras de "un gran día de bicicleta".

Pronóstico meteorológico desfavorable, el agua parecía garantizada según los augurios de los oráculos del tiempo. De hecho, en el punto de encuentro, Alberic, a las 6:30h, minúsculas gotas salpicaban los parabrisas de los vehículos de los asistentes y durante el trayecto, de hora y media, atravesamos de vez en cuando alguna isla de lluvia. Sin embargo, contrariamente a lo que se podía haber esperado, el protagonista no fue el líquido elemento. Cuando llegamos a Chinchilla, el techo era aún gris, pero no había ningún rastro de humedad. El papel principal se lo había reservado el viento, que enfriaba el ambiente y hacía danzar los árboles con un vaivén cuchicheando al mismo tiempo sereno e inquietante. Reunidos al poco Doménech, Alberto, Vicent y Toni, que habían hecho tarde a la primera cita, entrábamos en el bar El Peñón, al lado de la carretera, por esperar a los compañeros autóctonos que debían venir desde Albacete, aprovechamos para vaciar intestinos y vejigas y calentar el buche con algún café madrugador. El establecimiento era también un escaparate de productos de la tierra: navajas, pastelitos y figuritas diversas que nos recordaban que estábamos en la Mancha, y como Quijotes enloquecidos por la pasión de la bicicleta de montaña, íbamos a vivir nuestra singular aventura en una "llanura esencialmente rara

Los compañeros de ruta no tardaron en llegar. El contacto local era Álex, que pronto reconoció a su cómplice forastero, Abarca. En un santiamén estábamos todos preparados, bien abrigados y mirando en el cielo para que tuviera clemencia con unos pobres ciclistas que no querían más que pasar una rato divertido sin remojarse a descubierto en tierras Manchegas. El frío que pudiéramos tener se desvaneció pronto, ya que en seguida empezamos a subir por los calles de Chinchilla, una verdadera pesadilla para el concejal encargado del tráfico y del urbanismo. En todas partes, calles empinadas, estrechas sin salida y escaleras a cada esquina arriba o abajo. A medida que subíamos, en primera instancia observamos cuevas y singulares casas insertadas en la roca, habilitadas como casas rurales para los posibles turistas, y a la cima de la montaña donde se apretaban las viviendas, llegamos a la entrada del castillo, con un profundo foso digno de las mejores leyendas medievales. Una vez arriba, bajamos por una senda por la otra parte del pueblo y visitamos otras de las calles pintorescas, acabando en la plaza donde se encuentra el Ayuntamiento con unos bien conservados cañones con los que no pudimos evitar retratarnos, ¿qué diría Freud de esta fijación? Allí mismo nos encontramos con un aventurero solitario de Canals que estaba realizando el trayecto entre Albacete y Valencia en bicicleta, cualquier viandante le tomaría por un loco, pero para nosotros, era un más de la ancha y diversa familia de los amantes de los pedales

Al poco salimos de la zona urbana y empezamos a subir por una senda entre pinos. Todo iba como la seda cuando de repente la marcha se paro y un lamento de desdicha estremeció como un escalofrío profundo y colectivo los joviales ánimos del grupo. Por fortuna no era ninguna caída ni accidente, pero Quique había partido la patilla del cambio en una costera maldita. Al no llevar recambio, se había resignado a volver a pie hasta el coche y esperar allí hasta que la resto acabara la etapa, sin embargo, cuando todos habían continuado la marcha, en un arranque inesperado, Álex preguntó en voz alta...Como es Él de alto? Ya preveíamos sus intenciones. Para que volver atrás, le dijo a Quique que debía coger su bici y hacer la ruta completa, que Él ya la había hecho en muchas ocasiones y que sería una lástima podérsela después del largo viaje... El de Guadassuar estaba un poco en colapso, no es nada común que alguien que acabas de conocer hace media hora te deje su propia bicicleta con toda la confianza, con la insistencia y cabezonería de un amigo de siempre o un familiar. No se pudo negar (literalmente, Àlex no dejó que le dijera que no) . Le bajó un poco el asiento y le deseó que lo pasara de lo más bien con la resto de compañeros mientras, Álex cogía la bicicleta malograda y se volvía caminando al punto de salida. Chapeau! No recuerdo haber visto nunca cosa parecida, un hecho que te hace reencontrar la esperanza en la compleja especie humana.

Seguimos por senda hasta llegar a tres cruces que jalonaban la vertiente de la montaña, y partir de aquí, aún más senda limpias y divertidas abajo y después arriba. En una de estas típicas llanuras manchegas, vacías de arboles o matorrales, nos fustigó sobre manera el viento de nuevo, al mismo tiempo que el estrecho caminal por el que debíamos subir se deterioraba y costaba mantenerse sobre la máquina, no pasa nada, pasear un poco también es cardiosaludable. Salimos a una pista, aún ascendente, que llevaba en un mirador. Antes de llegar ahí, la mayoría optó por recortar el recorrido, pero Toni y Juanma, conscientes que no siempre se puede venir por estas tierras, decidieron seguir para ver de cerca el Mirador. Desde allí, decían los acompañantes Lugareños que se podía hacer parapente, además de poder gozar de unas vistas especiales. Cerca también había un extraño conjunto de palos con señeras blancas ondeantes furiosamente, desgarradas por la fuerza del viento que según un cartel de información, conformaban el bosque de las palabras. Acto seguido continuamos por donde habían bajado hacía unos minutos la resto del grupo, por una senda apretón entre bancales con algún que otro escalón, pero fácil de hacer y nada peligrosa. Eso sí, desgracias siempre pueden pasar, y en este caso, a Toni se le destalonó la cubierta y debió parar a hinchar la rueda.

No hacía mucho que marchaba cuando de repente vi volver a Juanma, pero acompañado de Álex. Un poco perplejos, nos preguntamos... ¿como? ¿Qué? ¿Quien? Resulta que había llegado al bar, y como se aburría de esperar, se había metido unas alpargatas de correr y desde el pueblo, siguiendo el track que Él mismo había preparado, nos había venido a buscar haciendo trail. Increíble. Había visto al grueso del grupo y había continuado corriendo por encontrarnos y ver si nos había pasado algo. Increíble. Acabamos de reparar la rueda y bajamos, con El corriendo y marcándonos la trazada correcta por la senda. En seguida llegamos en una casita en medio del no nada, con todo el aspecto de ser refugio de pastores, con tablas y chimeneas, preparada por hacerse un buen almuerzo en ruta cobijados de la adversidad atmosférica. Nos zampamos los bocadillos y aperitivos que llevábamos y repartimos alborozadamente. Nos decían que nos quedaba poco por vislumbrar el pueblo de nuevo y eso nos dio ánimos por emprender el camino otra vez con fuerza

Finalmente, nada más quedaba subir hasta la antena que corona la villa, por una pista deshecha que metió a prueba la habilidad y la fuerza de los asistentes. Y una vez arriba, más senda hacia abajo, excepto los más rudos endureros, como Toni Pacheco, que prefirió tirar al recto por un cortafuego pedregoso y con tierra deshecha, un paseo para él. Cuando acabamos la bajada, era pronto aún y estábamos ávidos de más senda, insaciables después de una tan divertida jornada. Como estábamos ya en el pueblo, algunos se dirigieran a los coches por volver y al resto, nos llevaron a bajar escaleras, por calmar la hambre de bicicleta que teníamos. José Ángel y Toni desvariaron a los presentes por la facilidad, rapidez y temeridad con que volaban sobre los inacabables escalones y Abarca nos metió un ay al corazón mientras bajaba, con una tensión tangible que trasladó a los que le observavan. Ningún incidente, solo un tsunami de adrenalina que invadió las venas de los que se atrevieron a lanzarse, volviéndonos a la juventud más inconsciente que tenemos escondida en nuestras vidas civiles. Cuando tuvimos suficiente (o eso dijeran algunos) , volvimos donde teníamos los vehículos, ahora ya con un sol espléndido y menos viento, tocaba cargar las bicicletas. Unos enfilaron hacia casa y otros se apuntaron a la comida que él anfitrión Álex había apalabrado en un pueblo de las cercanías, Villar de Chinchilla, todo un ejercicio de hermanor y convivencia entre dos bandas de locos por la bici. Atención, es posible que se repita.



2 comentarios:

Pepe Abarca dijo...

De admiración son aquellas personas que sin recibir nada a cambio, son capaces de dar mucho, amén y verdad de la buena.

picodelalmenara dijo...

Hagamos algo mejor el mundo